LAS
ENSEÑANZAS DEL ROSARIO
P. Fr. Mario Agustín Pinto o.p.
Entre
las oraciones más celebradas
dentro de la Iglesia, el Rosario ocupa sin duda el primer lugar. No hay ninguna
otra ni más universalmente difundida, ni más amada por los fieles, ni más a
propósito para acercarnos a Dios.
En
efecto, el Rosario se apodera por entero del fiel, en cuerpo y alma, y lo
arrastra hacia lo celestial, hacia lo infinito.
Mientras
su imaginación reproduce en su cuadro real las escenas del Santo Evangelio y su
espíritu se esfuerza en penetrar las sublimes bellezas que ellas contienen, su
corazón conmovido estalla en súplicas, en alabanzas o en acciones de gracias;
y con estado de ánimo diverso según el sentimiento dominante en cada misterio,
saluda con sus labios a la Virgen purísima, Madre de Dios, cuya dulce imagen
resplandece en todos ellos.
Ocurre
con mucha frecuencia que el Rosario de cinco misterios
viene a ser una oración maquinal, precipitada, sin alma, por el cual sólo
se piden bienes temporales sin atender suficientemente
a la relación de estos con los bienes espirituales, la santificación y
la salvación.
Para
devolver a esta oración su alma y su vida, es preciso recordar que no es más
que una de las tres partes del Rosario y que debe ir acompañada
de la meditación, fácil por lo demás, de los misterios gozosos,
dolorosos y gloriosos que nos recuerdan toda la vida de Ntro. Señor y de su
Santísima Madre, así como también su elevación al Cielo.
Para
comprender todo el sentido del rezo del Rosario debemos considerar que así como
Jesús es el mediador obligado entre el Padre y nosotros, de la misma manera
necesitamos una abogada para con Jesús.
Si
Jesús es la Cabeza única del Cuerpo Místico, María es el cuello del mismo.
La vida reside en la cabeza, pero no puede descender a los miembros sin pasar
por el cuello. El cuello une el cuerpo con la cabeza puesto que forma parte de
ambos. Tal es María entre Jesús y nosotros, Mediadora universal de todas las
gracias.
Ahora
bien, cuán a propósito son los misterios del Rosario para mostrarnos de una
manera viviente la incomparable unión de María y de Jesús, el papel inmenso
que María desempeña en los misterios de nuestra Redención.
A
ella nos dirigimos; a ella saludamos con amor y gozo. Pero la encontramos toda
concentrada en Jesús, no pensando sino en Él, ardiendo en su amor,
participando de sus gozos, de sus sufrimientos y de su gloria.
Así
es como la meditación del Rosario nos revela a Jesús por María. María, en
efecto, es el ostensorio de Jesús, el vaso radioso que contiene y expone al
pueblo cristiano, todos los misterios de Jesús.
El
rezo vocal es en realidad una suave industria para movernos a la contemplación;
así como Dios para darse a conocer se ha revestido de una naturaleza corporal,
así también los actos de la inteligencia son ayudados por las expresiones
sensibles: las palabras son como una cantinela que acaricia el oído. Nuestro
espíritu volátil queda retenido por las oraciones vocales; si alguna vez se
distrae por lo menos los labios continúan rezando. Y estos rezos son magníficas
alabanzas que glorifican a María y renuevan en ella los goces de estos
misterios. Y entonces de su corazón inmaculado derrama sobre el que la saluda
gracias y luces, algo de lo que ella sentía cuando tuvieron lugar tan grandes
acontecimientos, enseñándonos cómo esos misterios deben reproducirse en
nosotros. De esto se sigue que toda alma devota del Rosario saca de él un gran
conocimiento de Jesús y de María y descubre sin cesar en la vida de los mismos
nuevas bellezas que los libros no pueden ensañar.
Jesús,
en efecto, se hizo hombre no sólo para salvarnos sino también para enseñarnos
a bien vivir. Es el modelo más perfecto que hemos de imitar para glorificar y
servir a nuestro Creador. Por consiguiente el rezo del Rosario que nos hace
penetrar en los misterios de la vida de Jesús bajo la dirección e iluminación
de María, es un medio singularmente apto para santificarnos
.
Ahora
bien ¿qué lecciones nos da el santo Rosario? Nos da en primer lugar el remedio
contra las tres concupiscencias.
Sicut in Adam omnes moriuntur,
ita
in Christo omnes vivificabuntur.
San
Pablo hace el paralelismo entre Jesucristo
autor de nuestra salvación y Adán, autor de nuestra ruina: " así como
por un hombre el pecado entró en el mundo y por el pecado la muerte...
Así como por la desobediencia de un hombre se hicieron muchos pecadores,
así por la obediencia de uno solo...”
La
muerte es una consecuencia del pecado y también la concupiscencia; “caro
enim concupiscit adversus spiritum, spiritum autem adversus carnem”
(la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne) . Es el
hombre viejo nacido del primer Adán que arrastra un desequilibrio profundo en
su naturaleza caída y herida.
Recordemos
lo que era la justicia original: armonía entre Dios y el alma, entre el alma y
el cuerpo, entre el hombre y el mundo exterior; sumisión de las pasiones a la
inteligencia y la voluntad, no había ni enfermedades ni muerte.
Pero
el pecado original ha venido a destruir esta armonía y así Adán nos transmite
una naturaleza caída y herida.: expoliata in gratuitis, vulnerata in
naturalibus (despojada de los dones gratuitos, herida en los naturales).
Nacemos, en efecto, con la voluntad adversa a Dios: el egoísmo, que es
la raíz de todos los pecados, amor desordenado de nosotros mismos. De él
provienen las tres concupiscencias que en los tres órdenes de bienes (bienes
del cuerpo, exteriores y del espíritu) nos
hacen confundir el bien aparente con el real.
El alma se inclina hacia el orgullo de la vida o amor desordenado de la
propia excelencia y de todo lo que pueda exaltarla por arduo y difícil que sea:
quien se entrega a él acaba por ser para sí su propio Dios, como Lucifer. De
ahí pueden provenir todos los pecados, es la raíz de todos ellos : vanagloria,
egoísmo, dureza de corazón, rebelión.
Pues
bien, amados hermanos: el remedio son los misterios gozosos: Jesús haciéndose
siervo, lo Infinito haciéndose pequeño, el que nada necesita entregándose por
los pecadores, el Creador obedeciendo a la creatura: a María, a José, a las
leyes, a todo. Es la ley de la pobreza, de la pequeñez y de la infancia
espiritual. Es el Señor que nos recomienda ser como los niños, pues de ellos
es el Reino de los Cielos.
¿Y
nosotros, tierra y nada, nos atreveremos a ser soberbios? Estos misterios nos
enseñan el valor de la vida interior toda escondida con Cristo en Dios. El
Reino de Dios es ante todo interior y se halla escondido en las profundidades
del alma. Tal es la sublime lección de estos misterios que han transformado el
mundo, millares y millares, centenares de millares de cristianos han ganado el
Cielo con los ojos fijos unicamente en estos misterios gozosos del nacimiento y
de la vida oculta de Jesús, practicando obscuramente, silenciosamente las
virtudes de la vida oculta de Jesús.
Lo
característico de nuestra fe es que la gracia obra con un mínimo de materia
temporal, más aún, que sólo está a su gusto en un mínimo de materia
temporal, y el último de los enfermos en su lecho es admitido a imitar a Jesús.
La
segunda es la concupiscencia de la carne. Es el deseo desordenado de aquellas
cosas destinadas a la conservación del individuo y de la especia. Es el pecado
que nos iguala a las bestias. De él proviene la lujuria con todas sus vergüenzas,
la gula con todos sus refinamientos y la pereza.. Es el pecado que más nos
enceguece para todo lo espiritual,
El
remedio está en los misterios dolorosos: allí vemos a Jesús sufriendo en su
carne los castigos que han merecido nuestros crímenes, los crímenes de nuestra
carne pecadora. Es Jesús azotado, cayendo bajo el peso de la cruz, crucificado,
muerto de sed, gustando hiel y vinagre, muriendo en los tormentos. Ahora bien,
si así es tratado el leño verde ¿qué se hará con el seco? ¿Cuánto
sufriremos en la otra vida si en esta no hacemos penitencia, puesto que Jesús
tuvo tanto que sufrir , siendo la inocencia misma?
Estos
misterios nos enseñan la ley de la mortificación; varias son sus causas:
pecado original, pecados actuales.
Debemos tratar el cuerpo como el domador a un caballo salvaje: o sometemos el
cuerpo al alma o quedará el alma bajo el peso del cuerpo. Pero el principal
motivo que nos induce a la mortificación es la imitación de Jesús crucificado
“Si alguno quiere ser mi discípulo, que tome su cruz y me siga”. Es la pasión
de la Cruz: del apóstol Andrés, San Pablo, Santo Domingo,... : debemos vivir
la vida de Cristo quien vino como Redentor por la cruz.
La
tercer concupiscencia es la de los ojos, o sea el deseo desordenado de aquello
que agrada a la vista: lujo, riquezas, sobre todo el dinero, que es lo que
permite procurarse todos los demás bienes materiales. De ella nace la avaricia;
de ahí proviene la avaricia con todas sus secuelas, a saber la envidia por el
bien de los demás y todas las injusticias, la ambición, la guerra, los hurtos.
El avaro hace un dios de su tesoro, puesto que se le sacrifica todo.
El
remedio para esta concupiscencia son los misterios gloriosos que nos muestran
los bienes eternos, infinitamente más preciosos y deseables que todos los
bienes de la tierra, pues las cosas visibles son pasajeras, y las invisibles
eternas; que nos hacen pensar en el verdadero objeto de la esperanza cristiana,
en la vida eterna y los medios de alcanzarla; que nos muestran la elevación
infinita de nuestro fin sobrenatural; luego, no basta obrar racionalmente: se
nos pide el desprendimiento de todo lo terreno y humano que no pueda ser un
medio para llevarnos a obrar como hijos de Dios, de suerte que la caridad
sobrenatural impere todos nuestros actos. :”si habéis resucitado con Cristo,
buscad los bienes del cielo”.
Después
de levantarnos del pecado, de reparar en nosotros las heridas de las tres
concupiscencias, el Rosario nos ayuda a progresar en la vida espiritual viniendo
a ser para nosotros una escuela de contemplación. Es todo el credo que desfila
ante nuestra vista, no de una
manera abstracta en fórmulas dogmáticas, sino de una manera concreta en la
vida de Cristo que desciende a nosotros. Es todo el dogma católico en su
esplendor para que podamos saborearlo y alimentar nuestra alma.
Para
ello debemos recitar el Rosario mirando con los ojos de la fe a Jesús siempre
vivo que no deja de interceder por nosotros y que influye siempre en nosotros
para hacernos reproducir sus misterios, sea bajo la forma de su
vida de infancia, o de su
vida dolorosa o de su vida
gloriosa. Viene actualmente a nosotros para asimilarnos a El.
Fijemos
pues la mirada de nuestro espíritu en la del Señor que nos mira a su vez. Su
mirada no sólo está llena de inteligencia y de bondad, sino que es la mirada
misma de Dios que purifica, que pacifica, que santifica.
Es
la mirada de nuestro juez pero más todavía de nuestro Salvador, de nuestro
mejor amigo, del verdadero esposo de nuestra alma. El Rosario así recitado en
el recogimiento y el silencio se transforma en una fructuosísima conversación
con Jesús, siempre vivo para vivificarnos y atraernos.
Es
también una conversación con María quien nos conduce hasta la intimidad de su
Hijo, pues nadie conoce más íntimamente al hijo que la madre y nadie, pues,
mejor que ella puede hacerlo conocer. Así se explica que los santos hayan visto
en el Rosario una escuela de contemplación.
Dice el P. Vaysieere : “Recitad cada decena, menos que reflexionando ,
comulgando con el corazón en la gracia del misterio, en el espíritu de Jesús
y de María tal como el misterio lo presenta.”.
El Rosario es la comunión de la noche que traduce en luz y en resolución
fecunda la comunión de la mañana; no es sólo una serie de Ave María
piadosamente recitadas, es Jesús reviviendo en el alma por la acción maternal
de María, Así vivía, gracias al Rosario, rodeado por Cristo y por María,
comulgando con cada uno de sus estados, con cada uno de los aspectos de su
gracia, penetrando y manteniéndose en los abismos del Corazón de Jesús.
Amadísimos hermanos: si sabemos vivir de esta oración, nuestras
tristezas y esperanzas se verán purificadas, elevadas, sobrenaturalizadas,
veremos cada vez mejor contemplando estos misterios, que Jesús, nuestro
Salvador y nuestro modelo, quiere asimilarnos a El, comunicarnos algo de su vida
de infancia y de vida escondida, luego alguna semejanza de su vida dolorosa,
para hacernos participar por fin de su vida gloriosa por toda la eternidad.