NACIMIENTO
CRIOLLO
Ya
cerró la noche criolla
por
la tierra en todo el ancho,
pero
al rigor de lo oscuro
Brilla
una luz en el rancho.
Arde
la vela de sebo
sobre
un tronco de caldén,
vaya
a saber si es la misma
que
ardió una vez en Belén.
Una
quietud de milagro,
una
milagrosa calma,
flota
encima de la vida
y
llega el fondo del alma.
Es
una extraña quietud.
Como
de pasmo y congoja.
Al
sauce y al paraíso
no
se le mueve una hoja.
Encienden
sus farolitos
en
la sombra los cucuyos:
chispas
sobre la gramilla,
oro
de luz en los yuyos.
Adentro
del mismo rancho
los
animales amigos
parecen
que guardan turno
citados
como testigos.
Apretándose
a la oveja
busca
calor el cordero,
y
en la puerta de su horno
guarda
el albañil hornero.
Al
costado del fogón,
—fogón
de paisano pobre—,
hay
una pava abollada
y
una caldera de cobre.
No
se siente andar el tiempo,
y
es una paz tan feliz,
que
se ha dormido en los ojos
del
zorzal y la perdiz.
Ni
un solo rumor altera
la
gran calma del conjunto.
Los
grillos de la payada
callaron
su contrapunto.
Vibra
el silencio nocturno
y
en la calma tan inmensa,
no
es silencio que se escucha:
es
silencio que se piensa.
Asoma
al brocal del pozo
un
sapo de bronce viejo,
mirando
el agua de abajo
como
quien mira un espejo.
El
gato del pajonal
de
lo más ladino y mandria,
ni
se acuerda de sus uñas
al
lado de la calandria.
En
un rincón una mesa
que
tiene rota una pata.
Un
mate y una bombilla
con
su virola de plata.
En
la bóveda celeste,
tan
cercanas, tan distantes,
las
tres Hermanas Marías
son
tres preciosos diamantes.
Un
brillo desconocido
viene
desde el horizonte
e
ilumina los potreros,
el
rancho, el arroyo, el monte.
Es
luz, pero es otra luz
que
no alumbró todavía.
Y
le da a la medianoche
claridad
de mediodía
Se
difunde su claror
y es
como nieve plateada
la
que baja sobre el rancho
y se
filtra en la enramada.
Avanza,
desde el alero
hacia
la puerta el patrón.
Tiene
la vista nublada
por
cosas del corazón
Es
un paisano cumplido
y se
lo sabe de fe.
En el
pago lo respetan
y le
llaman don José.
Contempla
a doña María,
Virgen
de Dios, su mujer.
Así
fue por Dios dispuesto
y
Dios sabe disponer.
Sobre
unos cueros de oveja
y
gramilla bien mullida,
bajo
los lienzos de lino,
está
la Virgen tendida.
Se
acerca la medianoche,
limpia,
callada, serena,
al
final de su camino.
Y
será la Nochebuena.
Se
oye una música antigua
como
resonar de violas,
como
flautas de zorzales,
o
como rumor de olas.
El
campanario del cielo,
repicando
y repicando,
anuncia
a la humanidad
que
las doce están sonando.
Ese
repicar advierte
para
que nadie se asombre,
que
el Salvador ha venido
y
ha sido salvado el Hombre.
Embelesada,
María
contempla
a la criatura.
Nunca
se ha visto sonrisa
ni
más tierna ni más pura.
La
Madre acaricia al Niño
y
es su mirada un consuelo.
Tiene
los ojos azules
del
mismo color que el cielo.
Por
la Voluntad Divina
que
todo lo puede y tanto,
encarna
el Padre en el Hijo
con
el Espíritu Santo.
Que
la humanidad entera
vaya
de su vida en pos.
Cierto
que solo es un Niño
Pero
es el Hijo de Dios.
Tras
la noche triunfa el día
y
es ya la Natividad.
Verbo
de luz que nos dona
la
Vida con la Verdad.
Vuelan,
cantando unos ángeles
sobre
la tierra salvada.
Florecen
los jazmineros
su
frescura perfumada.
Las
estrellas, allá arriba
se
entrelazan en coronas.
Suenan
guitarras parejas
con
sus primas y bordonas.
Todo
el campo se estremece
entre
luces y rumores.
Llegan
los mozos con prendas
y
las muchachas con flores.
Quién
sabe cómo corrió
la
noticia a los linderos,
pero
ahí están los baquianos,
domadores
y boyeros.
Dicen,
y lo andan diciendo,
sin
ser con mucho, habladores,
que
pronto habrá una visita
de
principales señores.
Vienen
de la Estancia Grande
don
Melchor y don Gaspar.
Y
uno negro como tinta,
llamado
don Baltasar.
Sus
montes y sus potreros
se
alargan leguas y leguas,
con
muchos miles de vacas
de
potrillos y de yeguas.
Estarán
algunos días,
cumpliendo
su obligación,
trayendo
muchos regalos...
Ellos
sabrán la razón.
Descanse
la Dulce Madre.
Duerma
en paz el Dulce Dueño.
Y
reposando en sus brazos
viva
su bendito sueño.
Y
para dar al milagro,
por
los siglos la memoria,
entone
la Cruz del Sur
sus
himnos de Eterna Gloria.
LISARDO ZIA
(Argentino. Siglo XX)